22Octubre2019

21 Octubre 2019
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  • Moda y propiedad intelectual
  • Por Gregorio Ortega Molina

Énfasis Turístico

Dejémonos de tonterías. Los diseños de Carolina Herrera ennoblecen el espíritu creativo de nuestros artesanos y artistas. Lo demás es demagogia

¿Alguien posee la propiedad intelectual de los dibujos de Altamira, o de aquellos que muy pocos conocen y que están en las paredes y cuevas de La Giganta, la sierra frente a Loreto, en Baja California, donde las pinturas tienen una antigüedad de 10,500 años, y son muestra de la cosmovisión de los cochimíes, extintos en la actualidad? ¿Alguien es dueño de la verdad evangélica?

Los preocupados demagogos por los diseños de Carolina Herrera debieran asegurarse, primero, si los colores, figuras, dibujos de los que la modista de origen venezolano se sirve, están registrados en derechos de autor. ¿Por qué, en su momento no demandaron a Rufino Tamayo, o ahora a Vladimir Cora? ¿De dónde obtiene sus creativos diseños Pineda Covalín?

Si efectivamente desean ayudar a los artesanos y creadores mexicanos de muy pocos o sin ningún recurso, los directivos del Fondo Nacional de las Artes (Fonart) debieran organizarlos y registrar la propiedad intelectual de sus creaciones, para venderlas a mejor precio. Claro, no sin antes asegurarse de que ningún vivillo ponga orden para esquilmarlos más y mejor, como suele ocurrir con los administradores públicos de muy poca calidad moral.

No he sido un trotamundos constante, pero algo conozco de los países del mundo, y en mis visitas he topado con las similitudes en colores, diseños, figuras. El espíritu creador y la naturaleza se funden y confunden hasta volverse uno, y nada es menos distinto que la figura humana, por más que los racistas y discriminadores del Primer Mundo establezcan pretendidas diferencias que no existen.

El origen de las ideas, de las inquietudes, de las pasiones y deseos, es único, están en el mismo corazón y espíritu de los seres humanos, y no por ello vamos a discutir de la propiedad intelectual de lo que es una promesa de artesanía o arte, y cuyo final puede deslumbrar o perderse en el olvido.

No dejo de azorarme con los turistas, las señoras encopetadas, los remilgosos mexicanos que se niegan a pagar miles de pesos por un Temoaya, pero no por un tapete afgano. El secreto está en el diseño, en los colores, pero el arte de su fabricación procede de manos similares, que se afanan y son muy mal pagados, gracias a la intermediación comercial.

El Fondo Nacional de las Artes es la institución responsable de darles organización y protección jurídica y comercial, para evitar que los abusivos lucren más de lo que lo hace Carolina Herrera, que sólo retoma el espíritu creativo de los mexicanos, pero no los explota.

Dejémonos de tonterías. Los diseños de Carolina Herrera ennoblecen el espíritu creativo de nuestros artesanos y artistas. Lo demás es demagogia.

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